‘Orange Is the New Black’: Mujeres atrapadas

Como acostumbra a suceder en muchos dramas de cable de vocación serial, el piloto de Orange Is the New Black no es excesivamente llamativo. La historia parece forzada, a la protagonista le falta carisma, los personajes secundarios pasan por caricaturas salidas de una comedia bizarra.

Orange Is The New Black

Sin embargo, a medida que avanzan los episodios, todo acaba encajando y nos descubrimos atrapados por la historia de Piper Chapman y sus compañeras de prisión. De repente, nos damos cuenta de que la nueva serie de Netflix no es el drama carcelario que habíamos imaginado. (SPOILERS a partir de aquí).

Dos momentos clave confirman ese cambio de percepción y elevan el discurso de la serie. El primero se produce en el segundo episodio, ‘Tit Punch’. En él Chapman mete la pata con Red, una rusa de aire pendenciero que controla la cárcel desde la cocina. Resulta obvio que Chapman recibirá un toque de atención, un escarmiento que, como espectadores, imaginamos brutal, violento. Sin embargo, la rusa limita su venganza a un gesto simple pero eficaz: deja a la chica nueva sin comida. El segundo instante revelador se produce dos episodios más tarde, en ‘Imaginary Enemies’. Un destornillador desaparece de un almacén y la tensión en la prisión aumenta. Los carceleros se ponen en alerta, es una situación grave. Todo apunta a que una reclusa está planeando un asesinato. Pero al final, descubrimos que el destornillador no hace las funciones de arma sino de consolador. Conclusión: En Orange Is the New Black las cosas no son como esperamos, la serie se aleja de referentes para trazar su propio estilo. “Esto no es Oz” dice el gestor de la prisión, Sam Healy (Michael Harney), en el primer episodio. Una puntualización que sirve tanto para la protagonista como para el espectador.

Uno de los aspectos más destacados de Orange Is the New Black es su capacidad para transformar la cotidianidad más absurda en detonador de cuestiones mucho más profundas. Unas delirantes sesiones de sanación por inspiración divina, la foto de unos genitales en un teléfono móvil, o la búsqueda y captura de una gallina sirven de pretexto cómico para acercarnos de forma sutil, casi sin querer, al drama de los personajes. Una vez más, como ya hizo en los momentos más inspirados de Weeds, Jenji Kohan demuestra que maneja como nadie ese delicado equilibrio de géneros. La serie, además, no necesita recurrir al melodrama o al impacto para hacernos partícipes de la tragedia, la amargura y el peso de la cárcel sobre los personajes. “Tengo miedo porque no soy yo misma aquí y tengo miedo porque sí lo soy”, confiesa la protagonista a una adolescente que se las da de dura en el episodio ‘Bora Bora Bora’ (1.10). La puesta en escena del aislamiento, el desamparo y la extrañeza de uno mismo, siempre complicada en relatos de corto recorrido, encuentra en la acumulación serial un terreno propicio.

Fuera de la cárcel la serie se vale de flashbacks para ahondar en las vidas de cada uno de los personajes y esbozar el porqué de su condena, un recurso muy Lost. ¿Pero acaso hay alguna serie en la actualidad que utilice el flashback sin deberle nada a Lost? Lo mejor de estas escenas retrospectivas es que no sobreexplican, simplemente apuntan, sugieren, añaden una pieza más al puzzle sin resolverlo del todo. Una decisión narrativa que enlaza directamente con una de las tesis de la serie: no es nada sencillo explicar de qué manera alguien termina en prisión.

Mención especial merece la actuación de Taylor Schilling dando vida a la protagonista, Piper Graham. Contenida, sin estridencias, hace creíble los momentos más delirantes y conmueve cuando las tramas se ensombrecen. Sólo hay que comparar un primer plano de Schilling en el piloto de la serie con otra imagen del último episodio para percibir el arco de transformación del personaje en el rostro de la actriz.

Por último, el hecho de que Orange Is the New Black esté basada en una historia real hace que todo el relato adquiera ese peso de experiencia vivida que lo convierte en un algo único, en la línea de series como The Corner o Treme, salvando obvias distancias formales. Para saber más de esta historia recomiendo leer el artículo que publicó el Larry de la vida real en The New York Times y el libro de memorias en el que se basa la serie.

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